AMIGAS ROBADAS Y LA DISEÑADORA DE VESTUARIO

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Este es un blog que se inicio con dos amigas robadas; Rosana Espino y Eugenia Prado. Y que siguió con una ganada: Florencia Smiths

Saturday, September 04, 2010

Antología personal de la poeta Alejandra Basualto

LOS AÑOS QUE NOS (A)CERCAN O “EL TIEMPO RECOBRADO”

["PRÓLOGO" A ANTOLOGÍA PERSONAL 1970-2010
DE ALEJANDRA BASUALTO]


Hace treinta años conocí la poesía de Alejandra Basualto. También conocí a la autora, con quien compartimos años extraordinariamente productivos y difíciles en el Departamento de Literatura de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Educación (hoy Filosofía y Humanidades) de la Universidad de Chile, junto a otros poetas y escritores de primer orden como Rodrigo Lira, Mauricio Electorat, Bárbara Délano, Armando Rubio Huidobro, Lilian Elphick, Juan Ignacio Siles (de Bolivia), Gregory Cohen, Francisco Zañartu, Margarita Niemayer, Roberto Rivera, Roberto Brodsky y tantos otros, privilegiados exponentes de, en ese entonces, la naciente “Generación de los Ochenta” o, también llamada “Generación N.N.” , o Generación de 1987. Sólo unos meses antes de iniciar nuestros estudios de literatura, conformábamos la primera promoción de escritores del ya mítico “Taller Nueve de Poesía”, dirigido por el gran poeta, ensayista y escritor, Premio Nacional de Literatura, Miguel Arteche. Allí, junto a Luisa Eguiluz, Mario Rodríguez, Violeta Camurati, Ivonne Grimal, Gémina Ahumada y otros muchos más vivimos jornadas duras pero fundamentales para encontrar y utilizar las herramientas esenciales del complicadísimo arte de la poesía. Arteche dirigía con imprescindible rigor y, a veces, con generosidad, las sesiones donde no sólo nos formó como poetas -jamás discípulos, según sus propias palabras- sino también como avezados críticos. Nada de concesiones, nada gratuito, nada superfluo. Estos dos primeros encuentros con la autora y, fundamentalmente, con su obra, me hicieron sorprenderme desde un primer instante con la extraordinaria imaginación, la dulzura contenida aunque intensa, la mirada inquisidora y la solidez absoluta de la palabra de Alejandra Basualto. Ojalá hoy, y lo digo sin tapujos, pudiésemos tener una “máquina del tiempo” para poder apreciar cuánto trabajo hubo y hay en la obra de esta poeta. Ojalá, insisto, tuviesen, muchas autoras y autores, la mitad de la perseverancia, del talento y del oficio de quien hablamos hoy.
Pero no todo fue mérito del sacrificio o de las enseñanzas del maestro (o, en lunfardo, “troesma”) Miguel Arteche. Alejandra Basualto supo volar sola y con gran, pero gran, autonomía de vuelo. Supo finalizar etapas, construir su propio imaginario, hacer como una “maga” que la palabra fuera una llave, una puerta, un océano de referencias, estímulos, emociones y de profundo pensamiento. Su poesía fue creciendo en intensidad, agrandándose en hondura y perfección. A tal punto me parece una tan notable evolución que, hoy, cualquier antología de la poesía chilena debe incluir su producción o de lo contrario estuvo, está o estará incompleta. Y aquí, una breve reflexión: me parece, y lo digo sin el entusiasmo desmesurado del amigo, del colega o de lo que sea, que su obra merece un reconocimiento mayor no sólo dentro de lo que se ha llamado “la poesía femenina” , sino, en todo este vasto universo, estrecho pero intenso, que es la poesía chilena. A tal punto es esencial su producción literaria que Basualto ha formado lectores, poetas y narradores (ella misma es una importante narradora) a la luz de su obra publicada, que ya suma muchos e imprescindibles libros, como también al alero del taller de escritura “La Trastienda” que ella fundase hace ya años y que posee, incluso, su propio sello editorial. En este sentido, tanto su poesía como su prosa han conformado un crisol que ha ido forjando nuevas generaciones y que ha mantenido, con entusiasmo y gran profesionalismo, el fuego prometeico de la verdadera creación literaria: no aquella que hace guiños al público o a la academia (léase universidades) para sumar adeptos; no la que se forja en la página de sociales de los periódicos o en alguno que otro infame suplemento literario o revistilla o, peor, en esas cátedras y camarillas herméticas que consagran y desautorizan sin ninguna seriedad y que conocen nada o sólo de forma parcial lo que es auténticamente el género poético.
Pero vamos a la obra. Desde su inicial y precoz Los ecos del sol de 1970, Alejandra Basualto, como he dicho, ha ido construyendo, de puntillas, una obra poética consistente. Si bien estos primeros poemas más que concretar, “anuncian” a la poeta que está por venir, hay textos (que se antologan aquí) que merecen toda la atención del lector. Nos hablan del futuro de esta escritura, sí, pero también nos hablan por sí mismos. “Tu puerta”, texto central en este poemario es una muestra de lo que afirmo, asentando desde un comienzo la conciencia de la propiedad de una “voz”:

(…)
“Y yo,
desde el amanecer,
arrastrando mi carga de estrellas
me allegué a tu puerta
y llamé
desde el fondo de mi voz”
(…)

Ejercicio en sol (Antología del Taller Nueve de Poesía, 1980) reúne los poemas que la autora trabajó en el ya mencionado taller de Miguel Arteche. La, digamos, “gracia” de este libro es que cada autor posee su propio estilo. El director del taller nunca quiso que sus integrantes fueran “acólitos” o seguidores de la escritura de quien, más que señalar, descubría las distintas voces que se encumbraban poco a poco con todos sus defectos y sus virtudes. La poeta, en esta selección, demuestra que ya posee el oficio, pero más que eso, que es capaz de adentrarse y ver lo que otros no ven. Es el primer amanecer de la madurez en el arte poética, donde se encuentran objetos, situaciones o personas que transmiten experiencias, historias o símbolos y donde se conmueve al lector que también “encuentra” estos asuntos o cosas como si nunca las hubiese conocido. Los poemas “1954”, “Ella duerme” o “La gota” bien pueden representar lo que afirmo.
En 1983 ve la luz, bajo el sello del Taller Nueve, El agua que me cerca, segundo libro de la autora que, en más de una ocasión, ella misma afirma que reconoce como su primer libro (olvidando sus Ecos del Sol). En este poemario Alejandra Basualto emerge como la gran poeta que es. Es un libro decantado, limpio, finísimo, pleno de referencias y de resonancias, pero, fundamentalmente, es el libro que la consagra en esa mirada única que hace transmutar, transformar y rehacer las cosas que ven esos ojos tan particulares de la autora. Aquí se puede hablar con toda propiedad de una voz indispensable, como he repetido varias veces, en la poesía chilena. Una poeta “de tomo y lomo” que logra, misteriosamente, extender en la palabra un abrazo conmovedor e inteligente hacia el desocupado lector. Léanse “Guayacán”, “Lluvia”, “Fantasmas de Nueva Inglaterra”, “Orestes”, “Electra” y tantos otros poemas:

(…)
“Es tarde, madre
Hoy me ha parido la tierra”
(…)

Dice la autora en el ya mencionado “Orestes”. “La ha parido la tierra”… ¿qué otra señal se necesita para entender su conexión con el mundo? Alejandra Basualto está cercada por el agua, como una isla en medio del Océano Pacífico, pero es tierra, es de tierra, de la tierra. Su poesía, sin caer en la moda de los coloquialismos baratos “aprés la lecture de Nicanor Parra” es tan natural, espontánea y libre como es el espíritu de quien tiene los pies en la tierra y la cabeza en el cielo… Con todo lo extraño que esto pueda sonar, pero es la “pura verdad”. Todo gran poeta posee esa imaginación que desborda y construye, pero todo gran poeta es testigo y crítico de su tiempo. Alejandra lo es desde su obra que se fundamenta en las palabras que la constituyen y no en los halagos vacíos de una crítica que poco ha dicho, en general, de la generación de los ochenta y de la poesía chilena de los últimos cuarenta años.
En la década de los ochenta se suceden diversas antologías (1984, 1987, etc.) que recogen la obra de la autora. Aquí, Basualto continúa su firme andadura. En estas compilaciones la poeta aprovecha de publicar textos nuevos (hay que recordar las grandes dificultades para publicar poesía en esos años de la dictadura ) y desenvuelve nuevos temas y preocupaciones. Dos temas se profundizan en los poemas de esta época: por un lado, el “viaje interior”, el recorrido que cuestiona el propio ser y que, ansioso, busca respuestas a las grandes preguntas de todos los tiempos; por otro lado, la conciencia del ser femenino, pero no en un combate estéril en la consabida “guerra de los sexos”, sino el descubrimiento de la diferencia de perspectiva que se asienta en el mundo de una manera distinta. Si bien, Basualto escribe algunos poemas desde lo que se ha llamado el “género”, esta es sólo una etapa para consolidar la universalidad de su voz.
El año 1993 es la fecha de aparición de su tercer volumen de poemas, Las malamadas. La mirada crítica se aúna con la madurez del espíritu. Los poemas nos hablan, desde el título, de una franca desilusión de todos aquellos fetiches o concepciones clisés de la vida y la literatura. Hay un dejo de amargura, pero siempre combinado con una dosis de desmitificación e ironía que eleva el canto y lo aleja del gemido y del llanto. Se toma conciencia de todo y se ve al mundo desde múltiples caleidoscopios que deforman intencionalmente la realidad. La autoironía, también, es un elemento central, como queda en evidencia en este excelente poema:

Acúsome
de intolerancia
en materia de mal de amores
y que no vengan después a hablarme
de altos o bajos umbrales
de dolores

Acúsome
de inconsciencia e incongruencia
pero no puedo
dejar
de respirar
la contaminada niebla tuya
que me verduga


Por otra parte, este libro juega con la gráfica, se abre, se despliega, dibuja con la “mancha” del poema. La autora experimenta en el tono y en la apariencia del poema, pero siempre con el cuidado de la orfebre que sabe perfectamente lo que hace.
Altovalsol, editado en 1996, nos lleva al pueblo del Valle del Elqui donde la autora pasó años de su infancia (a la que le desea “descanse en paz”). Habla la mujer vestida de niña, habla la niña vestida de mujer. El lenguaje se aclara y resbala en los años mozos y en la noria del recuerdo. Es el “tiempo recobrado”, al decir de Marcel Proust… Basualto trabaja con la memoria dando vuelta, muchas veces, la aparente dulzura hacia un discurso agraz con la clara idea que todo aquello no volverá y, en varias ocasiones, es mejor que sea así. En otros momentos, la aparición de la poesía es clave, como en el poema “XVII” en un recuerdo de la premonición de aquellos años idos:

(…)
“La pluma y la tinta luego
para escribir palabras
azules
redondas
flamantes

de par en par”

Palabras escritas “de par en par”, como ventanas que se abren a mundos insospechados. La poesía ha habitado en Alejandra desde los días en que aún no imaginaba sería poeta.
El año 2000, Basualto renueva su escritura con Casa de citas, libro que aquí se entrega en versión bilingüe. Este es, quizás, el libro más “metapoético” de la autora. Como dice en su “Invitación”, la poeta ha habitado muchas casas que han sido fundamentales en su vida, pero aquí, estas casas son también la multiplicidad de autores que ha leído y que le han acompañado a lo largo de su trayectoria literaria. Desde William Blake hasta Juan Carlos Onetti, desde Blanca Varela a Dylan Thomas… No se trata de un “ejercicio cultista” como alguno pensaría, sino de entender, al decir de Jorge Luis Borges, que la poesía es un entramado, un tejido o un palimpsesto donde siempre hay un origen y una continuidad. La poeta se inserta en la tradición para sacar de ella lo que le interesa. Utiliza esta cantera como elemento vital de su propia escritura: juega, coquetea, reflexiona sobre lo que otros han escrito para construir su propio discurso. Este poemario es probablemente uno de los más interesantes para conocer el “lado oscuro” de su poesía, para asumir de dónde viene Alejandra Basualto y hacia dónde se dirige. En el poema “Babel”, hay claves importantes:

(…)
“pero Babel nos tuerce las palabras
nos vuelve extranjeros de por vida.”


La autora se siente extranjera (como Gabriela Mistral a quién menciona con frecuencia), pero esa “extranjería” es “de por vida” y Babel (el mundo, la realidad, la vida) “nos tuerce las palabras”. El lenguaje no es suficiente, no basta para contener ni a la experiencia ni a la poesía. El ejercicio maravilloso de la escritura puede ser, a veces, tremendamente insatisfactorio. El “canon” que presenta este libro es el canon de Basualto. El despliegue del decir hace el resto: lo hila y lo condensa en apretada síntesis donde el objeto cantado (la escritura o la existencia) es el centro articulador del poema.
En su “poesía inédita” es posible constatar no sólo la continuidad de un oficio o de un arte que ya es un elemento irrenunciable en la vida de la autora, sino, esencialmente, la búsqueda de nuevas vías para expresar su verbo. Desde los “ejercicios” sobre la base de poemas de Pablo Neruda, por ejemplo, a textos como “El ángel” (¡qué extraordinario poema!) donde se alternan el texto largo y el texto breve, el descriptivo impresionista y el cargado de sentidos, ideas y emociones que, en ocasiones, colindan también con la rabia y esa fuerte crítica al mundo a la que me he referido repetidas veces. Basualto, es posible adivinarlo, prepara otro poemario para conjugar nuevamente la realidad y la magia, la ironía y la sapiencia.
Finalmente, quiero reiterar lo que dije más arriba: la poesía de Alejandra Basualto es una pieza central en la literatura escrita en Chile dentro de su generación y fuera de la misma. No me equivoco al demandar que su obra sea más difundida, más leída, más discutida (como tiene que hacerse con la producción de los grandes poetas). Quede el lector avisado: Basualto siempre va por más, y su caza, como la de la diosa Diana, es siempre provechosa.


Andrés Morales
Santiago, julio de 2010

Wednesday, July 28, 2010

No me ignores, Nicolás Poblete


Nicolás Poblete, 1971, es post doctorado en literatura  hispanoamericana (Washington University in St. Louis). Ha publicado, entre otros, los libros Nuestros Desechos, Frivolidades, y, más recientemente No Me Ignores. Actualmente es coordinador del área de Estudios Británicos de la Universidad Chileno Británica de Cultura en Santiago.



El criminal que camina junto a ti 
Por Paola Mosso / La Nación 
En su última obra, Nicolás Poblete retrata al asesino que podría ser tu vecino o el que te roza en el vagón del Metro. Un hombre que trabaja y vive con su pareja, pero que a oscuras violenta a chicas al azar.
Miércoles 28 de julio de 2010 | Cultura

En su próximo proyecto Poblete se acerca personajes más convencionales en una novela “coral”. “Hay un misterio en su centro y una venganza. La metáfora de esta novela es el agua que escasea en una ciudad”, dice.

Sangre y sexo son los grandes pilares de un ex presidiario que desata entre Talca y Santiago sus violaciones con un cuchillo. El criminal sin nombre convive con su novia Doris, una profesora escolar que disfruta del sadomasoquismo y la coca. Junto a ella, hace pebre a sus víctimas y las registra, cual trofeo de cacería, con su Polaroid. “El grito de este asesino es que lo tomen en cuenta, que no lo pasen por alto, que el entorno capte que tiene algún poder: el poder de abusar de otros”, explica el escritor Nicolás Poblete sobre el protagonista de su última obra, “No me ignores” (Cuarto Propio, 210 pág.), que narra desde la voz de un asesino en serie sus crímenes y perversiones.

Para relatar el texto, Poblete -autor de “Nuestros desechos” (2008) y “Frivolidades” (2008)- realizó una cuantiosa investigación de tres años durante su estadía en Estados Unidos, donde realizó un posdoctorado en literatura hispanoamericana. A través de análisis sociológicos y testimonios reales, entre otros, recabó perfiles de asesinos y lenguaje forense. “Tuve que soltar las riendas para darle la mayor verosimilitud posible a este sujeto, por más asqueroso y repugnante que fuera. Pero créeme que no fue fácil, ¡eso sí que fue vencer la barrera del pudor! Sin embargo, es verdad que los traumas y las obsesiones son constantes, porque creo que todos los llevamos”, explica sobre su trabajo de la obsesión, los traumas y el sexo.

-¿Por qué un asesino sin nombre?

-Se trata de no poder situar la identidad a partir de cómo la gente te llama, cómo te haces llamar. Para vivir todos necesitamos un nombre; para relacionarnos o para funcionar en la sociedad. De este modo, no tener nombre es estar perdido, es parecido a carecer de alma. “No me ignores” es, finalmente, el llamado que hace el protagonista, que precisamente no tiene nombre, por lo tanto, lo que necesita, su gran angustia y perversión radica en aquella insignificancia que porta.

-Su condición de asesino en serie y sus inclinaciones sexuales se esconden bajo una fachada de consciente normalidad. ¿Consideras que es frecuente en la sociedad actual que detrás de una cara se esconda un mundo totalmente distinto, a veces perverso y violento?

-Absolutamente. Es el caso de este personaje, que por supuesto es una hipérbole de lo que podría ser cualquier persona en nuestro entorno. Naturalmente es una exageración; sin embargo, estas pulsiones son más corrientes de lo que uno cree, según indican las investigaciones a las que yo tuve acceso. De hecho, si tú piensas, asesinos tan emblemáticos como Ted Bundy, quien se paseaba de lo más pinteado y educado, fue impune mucho tiempo. Hay muchísimos casos de asesinos que siguen operando y que no han sido encontrados. Algunos prácticamente están arrojando señales para que los agarren, para que no los ignoren.

-En su necesidad de registro de vida, tu protagonista frecuentemente tomaba fotografías o videograbaciones, incluso habla de tener su programa de TV. ¿Crees que existe una necesidad de representación en estas formas de comunicación masivas?

-Sí, existe la necesidad de “dejar un testimonio”, a pesar de que es lo más peligroso para el asesino; sin embargo ahí está su paradoja, su propia trampa. Por otra parte, esto tiene el correlato de lo tecnológico, que conlleva una degradación en las relaciones, que es lo que ocurre, por ejemplo, en la pornografía, que te protege del contacto directo. Asimismo, la televisión, especialmente en sus manifestaciones más corrosivas, impone a los televidentes modelos físicos y representaciones “estéticas” y corporales que pueden perjudicar a sujetos más vulnerables o ingenuos, que son atrapados por sus exigencias infinitas, eminentemente consumistas.

Monday, July 19, 2010

Estela Figueroa





Nacida en 1946 en Santa Fe, ciudad donde reside, Estela Figueroa ha publicado los libros de poemas “Máscaras sueltas” (1986, traducido al italiano) y “A capella” (1991). “La forastera” fue editado en la ciudad de Córdoba, con el sello de Ediciones Recovecos y el apoyo de la Secretaría de Cultura de la provincia de Santa Fe. Figueroa trabajó en talleres literarios con menores alojados en la cárcel de Las Flores —experiencia que volcó en la revista “Sin alas”— y publicó también “El libro rojo de Tito”, sobre un personaje popular de Santa Fe, y “Un libro sobre Bioy Casares”, donde compiló una serie de estudios. Actualmente dirige la revista La Ventana, que publica la Dirección de Cultura de la Universidad Nacional del Litoral.


Principios de febrero

No.
El hermoso verano
no ha terminado aún.
Nos queda un mes para estarse en los patios
y descalzarnos
mientras charlamos
de esto y aquello
sin ton ni son.
Todavía habrá hombres de brazos tostados
en las calles
de la ciudad envuelta por la noche
brotada toda
como un lazo de amor.

No.
No me sostengas que no voy a caerme.
Sólo se caen las estrellas fugaces
y yo -te dije-
quiero permanecer.

Un hombre es bueno para una noche.
Cuando amanece es un reflejo dorado
sobre la cama donde se toma café.
Y es agradable el olor que deja.
Dura todo un día.
Pero no toda la vida.

Luego hay que descansar.
El libro de Kavafis y el de Pavese
sobre la mesa de luz.
Hay que aminorar la marcha.
Sentarse un rato a solas
en el sillón del patio.
Mujeres: tendríamos
que aprender de los gatos.
Cómo agradecen el tazón
que rebosa de leche!

Falta para el otoño.
Que nos encuentre intactas.
Sin habernos negado
a estas pasiones
que cada tanto
asaltan.

Un atardecer de abril después de una separación

Ya no tengo a quién esperar
De modo que para qué preocuparse
Por cambiar las sábanas
o barrer el patio.

Se hace lo imprescindible
regar las plantas
dar de comer a los gatos
¿qué culpa tienen?
Al crepúsculo salgo a la calle
en busca de cerveza.
Mi vecino homosexual me invita
a cenar este sábado en su casa.
Acepto.
Donde no hay sexo no hay problemas.

Estos encuentros
han llegado a ser mi único sentimiento.

Sol de otoño

Por Manuel Inchauspe

Visité al poeta.
Delgado y pálido yacía
en una de las camas del subsuelo
de la sala de toxicología.

Qué extraño tesoro
el sol de otoño,
a través de los vidrios esmerilados.
cómo flotaba,
única dicha sobre su rostro
y rebotaba en el suelo,
donde los algodones con sangre
y colillas de cigarrillos
decían que la vida existe siempre,
donde quiera que se esté.

A Manuel Inchauspe, en el hospicio

Las nuestras, mi amigo,
son obras pequeñas.
Escritas en la intimidad
y como con vergüenza.
Nada de tonos altos.
Nos parecemos a la ciudad
donde vivimos.

Perdiste tus últimos poemas
y yo casi no escribo.

De allí
esos largos silencios
en nuestras conversaciones.

Tragedia griega

A veces la confusión se produce
al elegir un rol equivocado.

Algunos sólo servimos
para estar en el Coro
diciendo parlamentos y canciones
que aclaren las pasiones de la Obra.

Cuando la vanidad
la euforia o simplemente
la grandeza del tema
nos convierte en actores
paralizados
olvidamos el texto
quedando en un ridículo silencio.
Acompañando a mi hermana viuda

Por la puerta trasera
entramos en la casa del muerto.
Por el jardín que era pródigo
y ahora alberga unos arbustos arruinados.

Con una frase de bienvenida
un cartel cuelga torcido en el quincho.
Nadie se asoma
para vernos llegar.

Escucho que mi hermana
y otro heredero
se dirigen frases corteses.

En el crepúsculo aparecen
hombres sudorosos que apilan
mesas sillas televisores
camas
procesadores de alimentos
ropa y diplomas enmarcados
que se reparten según un acuerdo previo.
Al fin
se labra un acta.

Un amigo me dice
que los poetas tenemos una rara condición:
como los moretones
aparecemos después de los golpes.

No sé por qué
tuve el impulso de cortar una flor
que resplandecía solitaria
en medio de la destrucción
y traerla a mi casa.
Y me contuve.

Pequeños asesinatos

Una noche en que volví tarde a casa
la vi disparar rauda y oscura
desde el canasto de papas que está en un extremo de la cocina
hasta el otro
al costado de la heladera
donde acumulamos botellas vacías de vino y gaseosas
que en gloriosas jornadas de limpieza
sacamos a la calle.

- : Tenemos una laucha -dije a mi hija Florencia-.
Es gorda. Vive detrás de la heladera.
Habrá que matarla -me contestó ella.
Habrá que poner triguillo fuera del alcance de Toto.
(Toto es nuestro perro)

Pero pasaron los días
y ninguna de las dos iba a la ferretería
en busca del triguillo.
Y la laucha seguía corriendo rauda y oscura de un extremo a otro
-en la cocina-
ante la mirada curiosa de Toto
y ya sin importarle si estábamos nosotras o no.

- : Esta laucha se está tomando mucha confianza
recuerdo que dijo mi hija.
Bueno.
De manera que a la mañana siguiente me encaminé a la ferretería
y compré el triguillo Drumolive
hecho con glándulas disecadas de roedores
lo cual- según decía el prospecto-
ejerce una poderosa atracción sexual sobre sus iguales.
La caja estuvo envuelta varios días sobre la mesa de la cocina
hasta que Florencia
-que es más expeditiva que yo para estas cosas-
abrió el paquete una noche
llenó potes con buena parte de su contenido
y acomodó estos potes estratégicamente.

Durante varias mañanas
mientras yo tomaba té leyendo a Carver
la sentí comer ávidamente.
Es cierto. Nadie
nada escapa
de lo que implica una atracción sexual.
Los ruiditos terminaron
y Carver y yo quedamos solos.

Charlando sobre la proximidad de una jornada de limpieza de la casa dijo mi hija
- : Parece que la laucha se murió. Ya no se la oye.
- : Es cierto-respondí-. Yo tampoco la oigo. La matamos.

Monday, July 12, 2010

Lanzamiento de Satén de la Poeta Marina Arrate


viernes 30 de julio 19 hrs Vicuña Mackenna 94, Providencia. Museo Nacional Benjamín Vicuña Mackenna.


Satén


1

Destellos en el bosque.
Fulgores rojos son.
Un fulgor rojo. Un rayo furtivo estremeciendo la arboleda. Sedoso y brillante. Satén es enervando las agujas del vasto pinar.
Satén que mancilla carmín entre la hierba y sobre el musgo. Prendido carmín ardiendo en el hueco de las hiedras. Carampangue carmesí de satinada sangre tersando la piel de raso. La piel que roza, riza y ora acariciando con su cola de murta la esmeralda, el centelleo del follaje verde que azota el viento a golpes, al borde de la ele azul de los abismos aquí al principio de este valle.
Satén es de sangre y lustroso y de traicionero terciopelo el tejido de las figuras que ahora llamean al sol como la luz de los cuchillos.
Bajo el esplendor aterradas en los filos que corta el haz figurando cavidades santas entre las redes rumorosas del bosque.
Qué silencio.
De verde firmamento o campana interior.
Aguza la mujer su oído en el asombro. Flama es el vestido que la cubre, de incendio la falda pasmosa.
En el lamé se raja lo húmedo, puro hechizo del reflejo, alterando a sangre la virginidad verde del bosque. En el verde se rasga el lamé, produciendo llamaradas azules en su espejo. En el símil, erizamiento de una tapicería milenaria y radiante:
babas largas de un sileno, Belcebú, se arrastran y las bífidas
corrientes
lenguaraces de una turba agitada de enroscadas serpientes
ay, los ojos leontinos y egipcios de garzas y lechuzas hieráticas.
Todo es terciopelo.
La sinuosa cabellera de una mujer antigua
la seda negra de una mariposa vibrante
los músculos sagrados de las panteras nocturnas.
Irisados volcanes tornean sus esputos a lo lejos
a los lejos
como grandes y enormes colas de cometa.
De sangre y de oro
la bella en su memoria.


Sunday, January 03, 2010

Festival de la Palabra, Puerto Rico



"Palabras para un Nuevo Mundo: Ciberespacio, Imagen y Literatura"

Saturday, December 26, 2009

Mirta Rosenberg


Nació en Rosario en 1951. Actualmente reside en Buenos Aires. Publicó los libros de poesía Pasajes (1984), Madam (1988), Teoría sentimental (1994) y El Arte de Perder (1998). Forma parte del Consejo de Dirección del Diario de Poesía desde su formación. Además es traductora, y como tal editó, junto a Daniel Samoilovich: Poemas de Katherine Mansfield (1996) y Enrique IV de Shakespeare (2000)

III
La herida íntima

The private wound is the deepest one.
W. Shakespeare,
"Two Gentlemen of Verona"


Pienso en la semilla a la que nada parece faltarle: es difícil
hacerse necesaria a alguien que aparenta no tener vanidad
y cerrada está completa y acabada en toda su promesa. Será.
En todo, la semilla es verdad desde el principio, sometida
a esa urgencia de lo quieto. No te creen, no me creas. Como
la primera mirada, la tuya me deja presa de lo que sea. Este
dolor-anzuelo que aniquila a veces es mi cielo simulado
por aviones sin continente, estos pájaros pintados por aquéllos.
No me creas al decirme que me vaya del sitio-semilla lleno
donde yo falto solamente.

Y por otras faltas. Hasta la indiferencia de la luz es diferente
en esta sala de proyección donde hacés falta, como todos
los matices de lo negro. No te creo. Te dicen que te vayas
cuando en este cine abandonado crecía una boca de luz
en la pantalla. Solamente una pantalla pintada o una sombra chinesca
en la pared de la casa. No me creas. Es mi turno para el corazón,
y la casa se ha vuelto cáscara, de piedad, de lo que late.
Retirada-diástole, pero además es tiempo y tengo malos
pensamientos.

Últimamente el mundo se ha vuelto lento y encapsulado
en su campana propia de seguridad. Todo sigue
a punto de ocurrir, como una hipótesis del dolor
que yo miro en tus ojos y descarto, demasiado rápido,
como una enfermedad del aire, demasiado diáfano.

Todo se ve desde aquí, como desde una famosa estatua
sin cabeza cuyos ojos te han seguido, sabés, a todas partes.
Han pasado, pongamos, doscientos años, el lugar del tiempo
se ha estirado como un corpiño muy usado, primero por tu madre.
Aquí estamos. Los muertos están muertos y te has ido, aunque te hayan
dicho que te vayas. No me creas: es un pliegue del lugar, este país
no existe. Únicamente en una alforza del tiempo, ahora,
diría que te amo.

Pero la semilla resiste, como una pestaña del tiempo. Semilla-alforza,
costura invisible donde parece que no se nota nada. Completa,
faltaba, como escribiendo sobre tu espalda que no existe,
que yo te amaba, y me volvías la grupa, la curva de las nalgas.
Tu trasero es mi punto fuerte, y mi desgracia.

El tiempo se ha ido al traste. Los dioses son enfermos que marchitan
el malvón del patio, la mirada del mirlo que habla y la niebla rosada
de tu boca borracha. Me ilusionaba. Se están muriendo ahora, dentro
de doscientos años.

En todo caso, falta. Habría que dejar la cáscara y secarse
como una naranja que contiene lo que la contiene: pulpa, jugo anaranjado
y las semillas de otra naranja. Otras, estoy equivocada
pero calma, quedan las palabras y la gracia astringente
del Maestro, con sus tres limones en el plato. Dorado-verde
y ácido, como cosas de muchacho.

Un sol exprimido para mi tesoro, y sin embargo estoy cansada
de la apariencia de las cosas y los nombre que les damos.
Cada sol, un don, y su tesoro, sinónimos calculados para acopio del vacío.
Semilla-tornasol, morir como reflejo y es verdad: no me creas
porque diga que escribo el fin y te amo, todavía,
como semilla-savia
de semilla.

Como una película que se está proyectando con una cámara demasiado
rápida para el dolor, más lento. Te amo todavía y he quedado
en una alforza del tiempo, que tu gesto ha plegado y mi permanencia debilita
porque abulta. Lo que vendrá siempre es una carga.

Asistir a entierros o encerrarse tras la coraza fugaz de la distancia.
Un arte del dolor, como sacar basura hasta la calle o enfrentarse
con el trasero de las cosas, la parte posterior de lo que ha sido,
mandarlo todo al traste. No me creas. Te dicen que te aman, todavía,
y no han pasado aún doscientos años.

Pasarán, susurra un daimon que pasaba a mi
lado, con el pelo largo y entrecano, y después: Oblígame a no temer que dejes
de amarme. A no temer que me ames, porque semilla-cáscara
y distancia, del dolor, como un hotel por horas, amor
debe ser medido. Dolor por horas, porque vivo y se están muriendo los dioses
o los bienes, o los padres. Mi maestro se llama Hugo, ahora, dentro
de unas horas o de doscientos años. Siempre es masculino, un daimon.

Pero era un ángel, sintetizo, y no me creas: este sol que he exprimido
es el tesoro que me cargo a cuenta del banquete, donde peces
y panes eran peces y, además, llegué tarde, arrepentida
de haber cruzado la ciudad entera en vez de quedarme
en mi propia cocina. Me quedé pensando en la semilla, que parecía
completa. Lo que quería, me parece, era la planta-promesa.

Pero sigue intacta, como una espina de corvina atragantada
que ni el maná disuelve con su gracia, porque no tendría por qué.
No estás, no te creen, es decir, estás a salvo de otras muertes y te queda,
solamente, este reflejo en el agua, que me interesa. Si soy yo,
agonizo entre larvas y flores del pantano, como semilla-vara
a la que nadie cuidaba.

Y sin embargo crecerá, como mi abuela materna en las cuchillas
de Entre Ríos, entre cañas sostenidas en el barro. Así
mis hijos. Pero en esta luz, que falta a la verdad, sobre el aire
como en espejo de ascuas, hecho a nuestra imagen
que es tan sólo semejanza de lo hecho, a tientas,
como gritar bajo el agua.

Cualquier sueño es submarino: de noche rondo tu cama vacía y bebo
el agua perlada de tus plantas. Que me creas ahora, cuando no estabas
y yo sólo te miraba para verte en todas partes la luz de la mirada.
Estoy haciendo tiempo por el hecho de no desperdiciarlo,
porque quiero que me estés mirando y que el tiempo
que me creas nos alcance.

No me creas: cualquier tabla de salvación incluye su amenaza:
nos hundimos mientras estás en otra parte. Los momentos
son robados; los encuentros, incesantes. El corazón,
como un misil de película muda, suda por sorpresa propia
de estar allí, desconcertado. La música incidental
del perpetuo pianista lo desgarra.

Me quedo aquí, te vas de viaje. En lo que a mí respecta,
no me has abandonado: es tan sólo el dolor del padre en su certero
viaje solitario, como semilla-lápida y así, en mí,
los restos de Europa se terminan como punta de lápiz agotado
por fatiga del grafito, debilidad del leñador o el carpintero.

Y me excuso de tener oficio, sudo, porque cualquier cuerpo
me da pena y su ejercicio, casi siempre fortaleza.
Sacudida-sístole, insegura, por tener todo anotado
en los márgenes de una historia mayor, por más vieja
o por más grande.


***
El arte sería tocarte, un invento,
insignificante si el olvido lo demora. Lo siento
porque es ahora estallido de la rosa
presurosa del instante,
extraviada en el jardín

y devuelta por el sinfín
de las horas transcurridas: una... dos... tres...
Si te toco, ¿cómo es? Hay lo mucho de lo poco, digo
el beso, el exceso del miraje y... ¿puede ser, ahora sigo,
el encaje de tu aliento

en el reloj del oleaje? Atravieso
los celajes, el fervor, las profecías (¿el amor?
¿no será la porfía de la "máquina del dolor"?)
y llego acá: "El arte sería tocarte". Silencio. No
confundo confetti con maná

pero igual estoy perdida
entre viejas cartografías de la ruta de la seda
y la pasión como centro. ¡Ah corazón, me decía,
explícate como yo, que estoy adentro de un cuerpo
y sin embargo con vida!


No sabía
que el diamante fuera pájaro
ni tampoco que muriera
de una muerte que no fuera
natural:

un diamante
tiene la suerte del brillo
de la centella, aunque alguna estrella
se enfríe y la sal de la vida sea
lo que se lea

como novela
por el rabillo del ojo
de un gran lector
cenital. Adivinó que era amor
y se

ríe:
se pudiera, escribiría en potencial,
y si no, sería contante. Me enojo,
hago mal y digo para
adelante:

ese
pájaro se ha muerto y no es augurio
de Lázaro ni de santa ni sabbath. Lo cierto
es que yo te extraño y que es Maureen la que canta
pelirroja

con esplín,
la verdad de lo ocurrido "You'll never know
how much I miss you" You es tu, sos vos,
SOS, como un pedido de auxilio,
miss,

cualquier
daño fue anterior. Estoy a un tris
de entender (¿un diamante es doble amante,
o dos veces sin objeto o sólo un reto
a la

repetición?)
que por ejemplo otra vez, algo
me está esperando –corazón-mata-callando—
y se va, como en inglés, "sobre su ala",
vale decir,

se nos vuela.
La textura del tiempo, Vladimir, es rala,
una usura del instante y de sufrir cuando apela
a no sé qué: nunca volver es lo mismo
que

irse
para adelante. Me tocaste, ¿te toqué?
¿Compartimos un abismo? Dame, diste,
dí, diré: las facetas del diamante
son,

no sé,
mejor hablame y te creo. Así como quien reza
sin un deseo de asceta: todo poema es de amor,
toda guerra es interior, toda palabra
está presa.


***


La imaginación, decía, plantea más problemas que la memoria,
que podría ir desde Sófocles a Auschwitz, sobrevivir a su historia
y no decir palabra. Pero la imaginación no tiene tema sino la varia
materia de la noria personal: no se memoriza una araña,
se la sueña o se la ve en la hebra. Yo trabajo con sobras
y con saña. Por ejemplo, ahora te recuerdo y cobro valor,
pero es la imaginación quien hace que te ame, porque obras, dicen
es amor, o porque siempre me trajo lo que atormenta. Atormentar,
en cambio, debe ser terrible exigencia a la atención, si se pretende
ser buen atormentador. En esencia, hay que decir lo inasible:
hasta dónde se puede sufrir, y detenerse antes. En el ojo de la aguja
el camello no se enhebra, pero si uno lo concibe con el ojo de la mente,
el camello lo atraviesa, cose, borda, incluso vuela y luego vuelve a su sitio
de realidad: ante el pesebre, en el circo, el zoológico o Arabia,
siempre rodeado de arena. Arena es lo que sobra, la verdad,
de constante en este juego que no deja ir y volver si la tensión se hace corta
o agobiante o cuando apena. La tensión, yo me creo, es totalmente arterial
si nos importa: cuando nos hierve una idea una imagen se dibuja
donde el cuerpo bulle y gorgotea: lo veo en la sangre y acción de toda
la voluntad: riñones, corazón y otras vísceras, tendones, uñas, secreciones
y narices que aletean. Falta el aire, se desea lo que no hay; la imaginación,
complicada en el proceso, se caldea. Va a arrancar –como gata ronronea—,
y de cuajo, la raíz de este problema: su lema es crear otro, otra
dificultad y embeleso. Lento, el recurso de la lógica empieza su goteo,
su imbécil filtración en el deseo, pero el cuerpo frágil se resiste,
es más fuerte. Quiero tenerte, y me exige. ¡Bravo por el ojo de la mente,
que detrás de la emoción está presente, y expreso!




Mirta Rosenberg nació en Rosario en 1951. Actualmente reside en Buenos Aires. Publicó los libros de poesía Pasajes (1984), Madam (1988), Teoría sentimental (1994) y El Arte de Perder (1998). Forma parte del Consejo de Dirección del Diario de Poesía desde su formación. Además es traductora, y como tal editó, junto a Daniel Samoilovich, Poemas de Katherine Mansfield (1996) y Enrique IV de Shakespeare (2000), también junto a Daniel Samoilovich.




Sunday, October 25, 2009

No es amor de Patricia Kolesnicov, Argentina



Para su cumpleaños de 60, papá se armó una fiesta

donde se encontraría todo el mundo. Un poco era

una excusa: se venían las elecciones y no estaba mal contar

porotos. Y yo tenía que estar, por supuesto, todos teníamos

que estar en la foto. “Que venga tu amiga la

política”, me dijo. “Como amiga, no como periodista.”

Cómo no, Florencia vino socarrona, a presenciar

cómo era que yo trabajaba de florero, cómo decoraba

los eventos diplomáticos de papá, con cuánta sonrisa me

ganaba mi sueldo de hija. Vino bastante elegante, también;

después de todo estaba en su salsa. Estaban invitados

sus jefes, no estoy segura de que papá le haya hecho

un favor cuando la tomó del hombro, le secreteó, paseó

con ella, se paró frente al director de su revista y se quejó

de haberla perdido a manos de ellos. Yo la miraba de

lejos; era simpática pero sobre todo era medida, estaba

extraordinariamente sobria; pasaron las copas frente a

sus narices y ella no abandonó el juguito de pomelo.

Yo no charlaba con nadie, era la anfitriona, recorría

los grupos, me preocupaba —era un gesto, nada concreto—

por su comodidad, me quedaba junto a Gustavo,

para tomar parte del besamanos protocolar. Cada tanto

Florencia y yo cruzábamos las miradas y ella se burlaba

de mí; ella sí tenía cosas que hacer ahí —como periodista,

no como amiga— y las hacía como de oficio. Hacía

calor, los últimos calores del año, estábamos alrededor

de la pileta pero nadie podía meterse. De repente, tuve

una idea loca:

—Vámonos a tu casa.

Creo que se escuchó el frenazo en el corazón de

Florencia.

—Vos te tenés que quedar hasta el final.

—Me quiero meter en la Pelopincho.



Los caprichos son lo mejor que tiene la gente y en

este tiempo María es cuadro de honor de un curso

Ilvem al respecto. Pero yo no soy la hija del millonario

y no pienso arruinar mi vínculo con él, así que la

joven tiene que esperar, inventar una excusa, armar una

salida elegante. En el coche me río, hablo, trato de que

no se note lo nerviosa que estoy.

El agua de la Pelopincho está tibia, es un caldito.

Ahí, en esos 50 centímetros de profundidad, se sumerge

María Gabay, en bombacha. Se cuelga con los brazos,

apoya la cabeza en el triangulito naranja. Yo me quedo

afuera, me hago —ahora sí— un fernet, me siento en una

silla de plástico, con los pies sobre el caño de la pileta.

Miro el cielo.

María se incorpora para salir:

—¿Me prestás una remera?

Entro a la casa —siguen en vigor todos los pactos—;

salgo con una remera blanca lisa (ella todavía está

parada en la pileta); se la extiendo.

—Estoy mojada.

Ay, María, sos una hija de puta, cuál puede ser la siguiente

línea de diálogo sino:

—Y yo, ni te imaginás.

Pero no, yo dije que sí cuando ella ¿propuso? que

hasta acá, así que como me parece que se me va a ver la

respuesta en la cara, bajo los ojos, busco la salida de emergencia,

vuelvo con una toalla, se la ofrezco sin mirarla.

—Flor.

No es el vocativo lo que formula la invitación, es lo

inadecuado del vocativo; es mi nombre en un momento

en que no hay para qué decirlo lo que denuncia que hay

que entender algo; ese “Flor” no se responde con palabras;

no se le pregunta nada a esa chica que ya ha salido

de la pileta, que tira a la baldosa la toalla que traje y se

sienta sobre ella.

—Estoy mojada.

Me siento detrás de María. Le barro el omóplato

con la mano.

—No tanto —le digo.

María se hace una cola con el pelo, pasa los dedos

por ella como un anillo, escurre el pelo sobre la espalda.

No me calienta su desnudez, sí que me la ofrezca. No

sus tetas, sí el agua que con toda intención sigue la línea

de la columna. Con la boca ¿bebo? una gotita, otra gotita,

las gotas de la espalda, las gotas de un hombro, las

gotitas del cuello. María se acuesta con las manos hacia

atrás y voy despacio, lamiéndola ya, lamiéndole todo el

tramo desde la axila hasta la cadera, demorándome un

rato en la cintura.

Se podría decir que María se retuerce y sería cierto

pero exagerado. María se retuerce en grado 0,1; una contorsión

minimalista.

135







Buenos Aires, te odio las noches de caminata obsesionada

por el Bajo. Todos los lugares me resultan

incómodos, me siento vaciada. Envidio a los

marineros que están lejos de todo y les gustan las putas,

cualquier puta. Abrazarse a Mary, Peggy, Betty y Julie y

salir a cantar a cubierta, llena de alcohol de quemar. Me

siento hermana de estos marineros del Este que leen en

los kioscos que no hay más muro y andan como sin brújula

por San Martín, por Reconquista. Naufrago en Corrientes

y recorro librerías cargadas de ofertas. Pero a mi

noche no la mata ningún sol.




El más grande odio.

Como me odio el amor, me odio el odio.




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http://www.cuspide.com/isbn/9870413196

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Thursday, June 11, 2009

Lanzmiento El libro del componedor, Marina Arrate


El componedor de formas

Pilar Errázuriz V. Mayo 2009

De no ser un recorrido onírico, solo puede ser poesía. El viaje que nos propone Marina Arrate por los meandros del inconsciente tiene una impronta sensual que da cuenta de las pasiones, los dolores, los abismos y los desiertos floridos en que se debate nuestro afán amoroso. Sus imágenes convocan las aventuras y desventuras del deseo. De pronto bucólicas y apacibles, luego voluptuosas y eróticas, por momento feroces y carnales. La impronta bíblica convive con el principio de no contradicción que caracteriza la otra escena del inconsciente: la leona se torna gacela, del gladiolo florece un lagarto. Todo ello lo orquesta un sujeto escindido pero no por ello menos coherente: la mujer vieja, la poeta, la leona y, finalmente, El Componedor de Formas. Solo que la poeta y la mujer vieja saben más de la vida que el componedor de formas aunque sea de aquel la voz que emerge desde los parajes insondables de la sabiduría milenaria. Una amiga, psicoanalista argentina, acuñó un término lapidario acerca de la compulsión que nos hace siempre tropezar en la misma piedra y desaparecer en la misma grieta: le llamó “el depredador interno”. El depredador sería el responsable de que la pulsión de muerte se burle del sujeto haciéndolo trasuntar de objeto en objeto como si al fin fuera lo que nunca habrá de ser. Al depredador interno, Arrate le contrapone su gemelo femenino: el Componedor de Formas. Hermafroditismo superyoico que por su vertiente de padre castigador (el depredador) nos azota con las plagas de Egipto y por su feminidad (el componedor) nos ofrece El Cantar de los Cantares. El Componedor de Formas está ahí, para bordar las historias en colores estelares y jugar con metales preciosos. Puntada a puntada, al igual que las metáforas y metonimias del poemario, al modo de los mecanismos del sueño y del inconsciente, el componedor inserta en una tela procedente de latitudes lejanas, la historia del deseo tejida con hilo de oro y plata de alta acuñación. El componedor borda el destino del deseo con apariencia de testigo de la escena. Es verdad que no podrá vencer al Depredador, para quien la compulsión a la repetición es su elixir preferido. Sin embargo, el Componedor acompaña al sujeto, a la sujeto, en su peregrinación por el paraíso, en su descenso al infierno. Borda el deslizante existir del deseo, su escabroso proceder, el goce y el dolor por donde nos lleva su viaje iniciático. En la antigüedad se llamaba terapeuta a aquel que acompañaba a los judíos migrantes con el fin de animarlos en su travesía por el desierto y de mostrarles los peligros del camino. Así, el Componedor se pasea en la jungla junto a la poeta, a la leona y a la mujer vieja, sorteando una fauna salvaje y una flora exuberante, recolectando aquí y allá las madejas de seda de colores que usará para su bordado. No solo borda en las telas exóticas imágenes de relatos sin retorno sino que teje palabras sabias que las susurra la poeta. En su papel de gemelo femenino del padre, que no una madre, sino un atento vigilante de las piruetas del objeto de amor subrepticio, el Componedor acompaña las tribulaciones gozosas de las máquinas deseantes. Es muy cierto que el girasol negro es como un sol negro. El negro sol de la melancolía que precede al desamor. Ribetes negros que anuncian la fatalidad de la respuesta del fantasma. Mientras flamencos rosados y juncos verdes mecidos por el viento distraen la atención, y las margaritas y alhelíes saludan seductores, el Componedor no descansa en su tejido y en su bordado, en fabricar la malla que cubrirá a la poeta, a la leona, a la vieja mujer para cobijarlas luego de la contienda. Femenino él, sabe de mallas, de telas, de tejidos, de tramas burdas y finas. También sabe de contiendas. Radiografía de las pasiones, las imágenes que evoca Arrate, tocan lo universal del deseo y venciendo la censura de la represión a través del estrecho túnel logrado por la poeta, la leona y la mujer vieja, nos enseñan los misterios del sujeto. La carrera desenfrenada tras el fantasma, la voracidad y el repliegue, el recato y la osadía, el rodeo abismal del goce que hace de cada copia el original que nunca fue. Las palabras de Arrate construyen un desfiladero cautivante que nos precipita a las bambalinas virgilianas del escenario oculto en el cual se dirimen el amor y el desamor, el encuentro y la orfandad, los cuerpos y su ausencia. Freud asegura que la fantasía del poeta sucede simultáneamente en tres tiempos: el pretérito, el presente y el futuro. Dice el Maestro que estos tres tiempos aparecen como engarzados en el hilo del deseo que pasa a través de ellos1. Estas son las coordenadas en que se inscribe el poemario de Marina Arrate: la vivencia estética de recorrer el desfiladero de sus palabras, la evocación de las imágenes exuberantes y sugestivas, el conocimiento del pasado y la sospecha del devenir. Valiente panóptica aquella de la poeta con su conocer del inconsciente. No titubea frente a la arremetida fantasmática de la copia sin original, aún cuando el Componedor lo sabe, y ella también. Leona y mujer vieja se engarzarán en un juego de sabidurías, sensual la una, silenciosa la otra, para acompañar a la poeta en su diálogo con el Componedor. Podemos vislumbrar instancias freudianas en un cocktail inextricable de interacciones: el yo que otrora fuera el ello, el ello que persiste en el yo, el superyo vigilante, y el Depredador que, implacable, repite la acción mortuoria al infinito. Y, hete aquí, que el Componedor de Formas no pierde el tiempo. Aferrado a la estela que deja el paso arrasador de la pulsión de muerte, borda y teje con las hilachas de la selva, recordando a la leona, admirando a la gacela, dialogando con la poeta, para situar su mirada femenina entremedio de tanta pirueta suicida. Es el terapeuta (¿la terapeuta?) que acompaña la travesía por los campos chamuscados por el deseo y la pasión, buscando la huella que conduzca a un lugar a salvo. Es el socio de la cordura que con voz lánguida, evanescente y apenas audible trata de abrirse paso entre rugidos y tempestades. La voz no se oye. Por ende, el Componedor borda, borda y exhibe su bordado: escenas que dan cuenta del viaje pasional. Qué mejor terapeuta que el Componedor de Formas, quien mejor para acompañar al sujeto en los avatares del deseo. La poeta, su transcriptora; la mujer vieja es quien descifra; la leona da cuenta de la verdad. Marina Arrate, terapeuta ella, compone la gama que traduce el bordado del inconsciente. El poemario da cuenta de ello cuando en el espejo que construyen las palabras se repiten, en clave de eco y narciso, nuestros lamentos y nuestros goces ocultos y negados. Sutil recorrido especular que nos refleja los escabrosos pliegues de nuestro deseo. Reconocimiento o negación, el Componedor sabe, el terapeuta /la terapeuta saben, la poeta sabe. Y no podemos, a esta altura de la reflexión, referirnos a un sujeto escindido, sino a un sujeto multifacético: la leona es al deseo como la mujer vieja a la sabiduría. La poeta es al susurro como el Componedor al bordado. El conjunto constituye sociedad. Grupo congruente que con su muestra estética de relación con lo consciente nos ayuda en la peregrinación por nuestro desierto florido y nuestro abismo rocalloso. Cuánto sabe el Componedor, cuánto sabe la poeta, cuánto saben él y la terapeuta acerca de la dinámica del sujeto sujetado del inconsciente: del sujeto de deseo. Ojala pudiera quien sufre de amores y desamores abandonarse en su jungla exuberante. Ojala los incrédulos de lo inexorable recorrieran sus parajes. Ojala los escépticos vislumbraran las ventanas de la otra escena. El desfiladero de Arrate conduce, ciertamente, a un lugar. A cada quien de encontrarlo. Pilar Errázuriz V. Santiago, Mayo, 2009.




El libro del componedor (Marina Arrate, Libros de la Elipse, 2008)

Fernanda Moraga
Doctora © en Literatura


El Libro del componedor que nos entrega Marina Arrate, nos introduce, ya desde la portada, tanto a un enfoque como a una fuga visual que se adentra hacia caminos rizomáticos que alimentan lo “prohibido”. Es un espacio que se emplaza en los tejidos (des)bordados que van trenzando la orilla de una palabra secreta, la que resuena detrás del silencio, un silencio que está colmado de “majestuosos sonidos” (1). Un enfoque que se distiende tragándose la mirada hasta convertirla en la lectura de un lenguaje sensualmente plástico, a través de una voluptuosa dimensión vinculante de colores, tactos, olores y cuerpos de una animala naturaleza. Luego de este inaugural enfoque que nos entrega la poeta, la mirada se hace translúcida para recibir una disposición textual que va componiéndose de escenas que se entrelazan de manera tal, que siempre dan origen a nuevos descentramientos. En este sentido, surge a la vista del ojo que lee y del ojo leído (el de la sujeto de los poemas), una escritura curva, tanto en la construcción temporal y espacial del relato poético, como en la sinuosidad de las subjetividades del texto. Así, surgen de inmediato las interrogantes de una yo poética, las que dan origen no sólo al movimiento de un ciclo dentro de otro (el atardecer, el amanecer, la primavera, el otoño, el día y la noche), sino que también dan cuenta de una subjetividad derramada en experiencia dentro de aquel cíclico emplazamiento escritural : “¿Quién tañe agudos sonidos al interior de mi corazón, como si fuera llamada la aguja penetrante, en este soliloquio endemoniado de la alta altura, zorros de la estepa, y yo, hambre y majestuosos sonidos?” (1).

Este escenario se abre hacia una lectura de bordes, es decir, se sigue el surco que va trazando el bosquejo de cierta naturaleza intencionada que lleva hacia los pliegues, repliegues y despliegues de formas y contornos desde donde se asoma y se extravía el secreto que guía la lectura. Un secreto más bien profundo que oculto, puesto que es el ojo de la sujeto poética el que observa insaciablemente, escena entre escena para decir y significar, desde dentro de ellas, los secretos de una intensa fuga de la estructura lineal de la cultura. Por eso, para Marina Arrate es el ojo inquieto el espacio circular fundamental que se desdobla de diferentes maneras para ver, tocar y oler lo confidencial. La autora nos dibuja entonces en su escritura, el ojo-fuga necesario por donde se quiebra la cadena recta del tiempo porque sucede “Todo arcaico en un segundo” (3). El fundamento temporal se rompe y el secreto escapa para travestirse ya que “cada apariencia se deshizo”. La apariencia de lo desconocido, de la simulación de lo no visible estalla y la sujeto de los textos bebe del secreto. Así, se da inicio al ritual, donde lo íntimo es el brebaje amorosamente obsceno que va señalando la huella en espiral de una yo poética subjetivada siempre en exploración sensorial, que se construye en diferentes y diversas direcciones que no se deslizan paralelas, sino que se continúan unas en otras dando origen a la ondulación del tejido poético del libro. Uno de estos trazados, es la memoria que se distiende como espacio corporal necesario para develar el secreto “Recuerda, cuerpo, recuerda”, dice la sujeto (7)

Otra simbolización que se hilvana en el texto, es la borradura de las antonimias, por medio de las transformaciones vinculantes entre los diferentes cuerpos. Por lo mismo, la extensión del secreto incesantemente está bordándose en los cruces, en las mixturas que calan el continúo, obligándolo a diluirse: “…nos transformamos alternativamente en el gran venado y su gacela, y en la gran gacela con su venado. Más tarde, las flores aún expelían su secreta fragancia” (10). De este modo, el secreto es el tejido de los bordes que lleva a otros bordes, es la espiral misteriosa y sinuosa que nos hace entrar sinestésicamente a los resabios de lo que, en apariencia, se oculta, pero que insistentemente se hace visible: “Detrás de la oreja es el secreto. En la comisura de los labios. Al borde” (11). La escritura de Marina Arrate, nos explicita que el secreto está en el borde, pero el borde no comienza en un lugar exacto, siempre es sugerencia de encuentro y descubrimiento de una visibilidad escurridiza que no se deja afectar por la captura. Siempre al borde ¿al borde de qué?, pregunta inútil, porque se nos invita a seguir la orilla que traza y destraza permanentemente un sendero siempre en movimientos excéntricos, concéntricos y descentrados. De aquí que se reafirma (a través de la voz de la poeta que surge en el texto), el espacio de la ambigüedad como lugar posible: “¿A quién ama el ciervo en la llanura? ¿A la leona desatada que desgarrará su yugular y comerá de su carne o a la cierva que lo mira con ojos de terciopelo? / Pero por primera vez, intervino la poeta y dijo: A ambas, componedor de formas, a ambas” (13)

Asimismo, la figura del componedor también habita dentro del cuerpo-territorio de la sujeto, debido a que poco a poco la protagonista de los poemas se va distendiendo ante la lectura como un espacio contenedor. Cuerpo que contiene, pero al mismo tiempo es trenzado por sus propios contenidos de esquinas disueltas: “He quedado observando mi vestido. Con sorpresa veo como si la flora se moviera al interior del género. / Son juncos y se mecen en el viento. Por entre ellos aparece el componedor silbando con alegría. Me señala, sabiendo claramente que lo observo….” (19)

La representación del Componedor de formas, es sustancial en la composición de los cuadros que exponen el secreto, porque surge como la clave precisa desde donde se desata la contextura del secreto y de las escenas corporales que lo contienen. El componedor atraviesa todo el texto, siguiendo los mismos movimientos ondulantes y de travestismos de toda la escritura. El componedor borda la huella del margen y al mismo tiempo es el borde. Se enfatiza así, la pluralización del cuerpo que hace y rehace para que brote la exuberancia de lo que siempre ha estado ahí, pero que no se ve, no se toca ni se huele.

Pero además, esta escritura de Marina Arrate desata otros pliegues que van señalando silenciosamente la señal de una tragedia que se va esbozando intermitentemente por entre las diferentes y entrelazadas escenas del cuerpo textual. En este lugar, la enunciación de los poemas hurga dentro de un intersticio por donde el ojo “retorna y se distancia” para visualizar la fragmentación de la memoria y de la experiencia. Es decir, la mirada se desplaza hacia el empalme de los cuerpos cercados (“Era un cuarto miserable” ), espacio por donde se filtra inevitablemente la muerte, la que se instala en el lugar del secreto con un doblez en su significación. Por un lado, se transfigura en el brebaje venenoso y por otro lado, se emana a través de la comisura de los labios: “En otra escena, la amada bebe un líquido venenoso. Con el rostro lívido, veo correr un hilillo de sangre por su boca.” (21).

De esta manera, el poemario se abre como un tejido fascinante de símbolos y materias que se recorren como un mosaico de múltiples haces, a partir de elementos que se expanden en espiral hasta el final del texto El movimiento dentro de los poemas se trasluce en vibración de un lenguaje elusivo que jamás se detiene en sí mismo y que fluye en perpetua transmutación situando subjetividades que responden de la misma manera. Es decir, corresponden a marcas rizomáticas de un territorio corporal y de símbolos que se concatenan y enriquecen mutuamente para desatar aleaciones que exigen una lectura siempre hacia dentro de cada escena y también, siempre dirigida por el ojo observador de la sujeto poética. De este modo, se ingresa a imágenes y pulsiones de un lenguaje que no da tregua, pero que al mismo tiempo, sumerge en las corrientes profundas de la sensualidad que se desata en el lugar de una fuga de lo prohibido: el secreto. Todo el libro es la composición de las formas de la huella secreta que se observa, que se transfigura, que se traviste y que se deshace: “¿cómo mantiene su forma aquello que transita?” (7).

En este sentido, el cuerpo implícitamente femenino y masculino de la enunciación, el Componedor de formas, el borde como cuerpo y como piel y la composición como sustento necesario de la fuga, corresponden a espacios engendradores y matrices de este poemario. Además, entre estas corpografías del margen, se desarrolla el territorio de centros evasivos, de bordes en que se da la transfiguración ordenadora de una fuga de la prohibición en el espacio ancestral y actual. El poemario de Marina Arrate traza una legítima señal de lo tachado, realizando una rúbrica propia, donde el deseo y la creación (no la recreación) de lo invisibilizado, se manifiesta en múltiples direcciones. Pluralidad significada a través de una permanente polinización erótica de cuerpos de una naturaleza que se sabe secreta, prohibida y legítima. Las escenas del texto, se develan como un singular viaje sensorial-corporal hacia ranuras conmocionadas de lo abyecto de la cultura, tanto en el lugar del cuerpo, del tiempo y de la memoria, como en el lugar de la voluntad de la sujeto que hilvana en los poemas.

En este texto no hay centro en su sentido clásico, sino ramificaciones, rodeos, lindes, márgenes, desprendimientos, dudas, realidades ocultas y reales. Lugares que para los cuerpos escriturales de la poeta, siempre están tejiendo bordes dialógicos que se contienen unos a otros, a modo de complicidad y de conciencia de legitimidad. Desde esta perspectiva, se desata, especialmente por un lado, la subversión a verdades inmutables y por otro lado, una postura sensualmente lúdica para decir sin decir completamente y de esta manera provocar la celebración de ciertos bordes de la experiencia.

Si se sigue la secuencia de presentaciones, el texto despliega una representación espiral de continuidades relativas al espacio no del margen, sino de un margen que fundamentalmente se borda como territorio en deseo, un ‘lugar del placer’ que se configura también como territorio de interrogaciones y distancias. En este lugar del placer, se produce el contacto de la experiencia erótica por entre una naturaleza-animala-humana, la que no se teje como panacea del imaginario, sino que se compone de problematizaciones que se generan tanto en los espacios de escenificación, como en la misma sujeto poética. A partir de aquí, se desnuda (en el sentido plural de que se ‘descubre’ y se ‘desanuda’) en la escritura de Marina Arrate, un intenso propósito de hacer surgir el lugar de la muerte. Zona siempre simbolizada como posibilidad “real” y como construcción de la memoria, visualizando el encierro como cinturón de la miseria de la experiencia, la que es también experiencia de la sujeto del texto.

Sin duda, el texto de Marina Arrate se teje y desteje a manera de composición de formas visuales de la subjetividad, dentro de una escritura poética que realiza el espejeo de una experiencia problematizada. Es un escenario múltiple, que se va armando a través de la reconstrucción de imaginarios de la fuga y que confluyen y se desbordan en la última imagen de sus poemas: “A lo lejos, explosiones se desatan como turbas. En el cielo luchan las colas de cometas. Se ramifican por la bóveda como eléctricos tejidos de arañas / Cuando ella se levanta ya es su doble / ardiendo en el reflejo del estanque.”


Leído en la presentación del libro el día 15 de Mayo de 2009, en la sala de El Observatorio de Chile.